Yel debe morir [10 minutos]

Yel debe morir

(Extracto del libro «El arte de educar para ser»)

He visto en las películas sobre asesinos a sueldo que, a veces, el profesional investiga la vida de su víctima para poder planear bien el asesinato.

Esto no sé si es cierto y en el caso de Yel no sé si es lo mejor, pero me arriesgaré porque es un gran enemigo para las relaciones interpersonales y hace mucho daño en las familiares.

Voy a presentarte a Yel con la intención de que lo conozcas, seas capaz de identificarlo y puedas silenciarlo adecuadamente.

No tengo claro cuál es su edad, pues tiene distintas fechas de nacimiento. Es terco y sabelotodo. Debes tener cuidado si hablas con él porque es un embaucador y tiene una gran capacidad de seducción. Puede convencerte casi de lo que quiera, aunque sea lo más absurdo del mundo y no tenga argumentos para demostrar lo que dice. Esa es, de hecho, la razón por la que estoy solicitando que sea silenciado para siempre.

Miente constantemente, argumenta cosas sin sentido que parecen coherentes y provoca grandes desastres a las personas, yo entre ellas. Es capaz de provocar que cometa un gran error y justo después hacer que recobre mi confianza en él y volver a llevarme al desastre.

Es un adivinador y mentalista de tres al cuarto pero con un arma muy eficaz: tiene la capacidad de hacer que olvide cuándo no tenía razón y sólo recuerde cuándo sí acertó. Contigo hace y hará lo mismo.

No tengo una foto suya, pero puedo decirte cómo encontrarlo. Yel está presente siempre que comienzo a tener una conversación con alguien (a quien llamaremos él) y sin embargo, soy yo quien habla en su nombre. Yel es esa persona a la que pido consejo sobre otro cuando no doy el paso de hablar con ese otro. Cuando yo hablo conmigo mismo sobre élaparece Yel y me responde.

Yel me da conversación, me engaña haciéndome creer que hablo con el otro y no me doy cuenta de que no es cierto. He tenido discusiones con Yel que he llegado a pensar que las tenía con él. Yel ha usurpado la personalidad de mi hijo, mi pareja, mi jefe, mi compañero, mi madre, mi hermano. Es un canalla que está siempre acechando, esperando el momento adecuado para entrar en mi mente. Aprovecha el momento en que comienzo a darle vueltas a la idea de “¿Qué pensará él …?” y entonces entra en mi mente y se hace pasar por la otra persona, me responde, me dice lo que piensa el otro, me explica por qué hace lo que hace y yo, incauto, le respondo y comienzo a conversar. Doy por bueno lo que me cuenta y avanzo en una conversación que realmente nunca existió.

Porque Yel no existe.

Yel soy yo mismo, cuando comienzo a adivinar qué piensa el otro con quien no estoy hablando. Es mi deducción sobre el porqué de la conducta de los demás.

Yel alimenta mi enfado cuando encuentro ropa en el suelo y me explica que a mi hijo le da igual mi bienestar y me quiere tener de asistente personal, toma la forma de él y me explica que es consciente de haber dejado ahí los pantalones y que no le importa. Entonces le hablo y se lo reprocho y Yel me responde con explicaciones absurdas a las que doy credibilidad como si fueran ciertas y generan en mí una emoción que persistirá. 

Yel aparece cuando un amigo llega tarde a una cita y comienzo a pensar en los motivos, entonces me da sus argumentos y yo se lo echo en cara, le digo que eso no es justificación, pero Yel insiste y se comporta como si fuera él, pero no lo es. Y no me doy cuenta. Sigo hablando, sigo discutiendo, sigo adivinando lo que está sucediendo y cuando mi amigo aparece ya estoy enfadado. Y confundo mi enfado con Yel con un enfado hacia él, pero no son la misma persona. Y claro, él no comprende nada, porque no ha estado en la conversación mental que he tenido con su alter ego. A veces incluso, mientras él venía, él también ha estado hablando con otro Yel que se ha hecho pasar por mí y mi amigo le ha explicado (a su Yel, no a mi) lo que estaba pasando y por qué llegaba tarde. Yo, que no sé la conclusión de esa conversación, le hablo ignorante de lo que hay en su mente.

Todos hemos hablado con Yel como si fuera real y hemos ido alimentando una emoción que no desaparece. Porque podríamos llegar a ser conscientes de que ha sido todo imaginación, pero la emoción se queda.

Yel es omnipresente. ¡La de cosas que no he hecho porque sabía cuál iba a ser la reacción del otro! Y cuántas veces sí he actuado, esperando una respuesta, y me he sentido defraudado porque él no cumplió con las expectativas que me hice cuando hablé con Yel.

A veces nos enamoramos del Yel porque hemos inventado conversaciones que nunca existieron, hemos creado una imagen de quien queremos (o creemos) que es la otra persona y así hemos vivido una gran cantidad de momentos intensos o hemos imaginado los motivos que había tras ciertas acciones. Luego la persona nos defrauda, porque no era como pensábamos. Claro, no es Yel y Yel era perfecto, pero no era real.

Hablamos con Yel cuando el otro hace algo que no entendemos y durante esa conversación lo perdonamos o nos enfademos más y, aunque digamos después que aquello fue una conversación figurada y sólo estábamos suponiendo porque queríamos, inocentemente, imaginar qué podría estar pasando, la emoción queda. El enfado, la ira y/o la alegría se quedan. El rencor hacia el otro queda, aunque no sabemos luego por qué.

Yel es poderoso gracias al poder que le damos, porque nos ofrece mucha información que necesitamos. Queremos saber por qué alguien hace lo que hace, por qué dice lo que dice, para qué viene o no viene. Cuando él (o ella) no está y queremos hablar con él pero no podemos (o no nos decidimos), aparece Yel y nos da conversación.

Para que puedas tener una comunicación limpia y auténtica con tus hijos, debes eliminar a Yel. No le eches en cara lo que Yel te prometió ni vuelques sobre tus hijos la emoción que has generado hablando con Yel. No son la misma persona y él o ella no es responsable del Yel de tu cabeza.