Tu enfado es tuyo [10 minutos]

Piensa en la última vez que te enfadaste por algo que hizo otra persona.

¿Ya? Recuérdalo, repásalo y cuando estés convenido de que tu enfado se debe a lo que hizo el otro, sigue leyendo.

Plantéate algunas cuestiones:

  • ¿Habría sido igual si lo hubiera hecho otra persona?
  • Invéntate un contexto en el que eres tú quien hace eso. ¿Te enfadarías contigo por hacerlo? ¿Sería justo que se enfadaran otros?
  • Eso que hizo ¿molestó o habría molestado igual a todas las personas que conoces?

La realidad es que distintas personas reaccionamos de forma diferente ante el mismo hecho porque, no es el hecho lo que te enfada sino tu interpretación de ese hecho.

Supongo que estás familiarizado con frases como “me enfado por eso que haces”, pero no es cierto. Te enfadas por lo que “eso que haces” significa para ti. Desde que tomas conciencia del hecho hasta que te enfadas, se producen una serie de pensamientos en tu mente que son tan rápidos que no los percibes.

Si has quedado con un amigo para ir al cine y éste llega media hora tarde, sin avisar y provocando que no podáis usar las entradas que ya has comprado ¿te enfadarías mucho? Tal vez pensarías que es una falta de respeto, que se olvidó de ti; tal vez que es un egoísta. No es su retraso lo que te molesta, sino todo lo que tu mente supone que hay en torno a ese retraso.

¿Te ha sucedido que mientras esperas te vas enfadando cada vez más? Y no porque vaya pasando el tiempo, sino porque tus pensamientos van alimentando ese enfado.

Si, cuando finalmente llega, descubres que ha estado asistiendo a gente en un accidente, justo al lado del cine y no podía avisar porque ha entregado su teléfono para que pudieran comunicarse con los servicios de emergencias ¿seguirías enfadado con él? ¿Y si una de las víctimas fuera un querido familiar tuyo?

Al enterarte de esto, tal vez ya no estuvieras enfadado con él sino contigo por no confiar en él desde el principio o por no haberle preguntado. De nuevo estarías disgustado, no por lo sucedido, sino por lo que interpretas de lo sucedido.

No son los hechos lo que provocan tu enfado, sino tu interpretación de los hechos y, por lo tanto, puedes gestionar mejor ese estado de ánimo cuando tomas conciencia de qué pensamientos se encadenan desde que observas lo sucedido hasta que te enfadas.

Los enfados tienen mucha información sobre nosotros mismos y observarlos nos servirá para saber qué es importante para nosotros.

Cuando observamos algo, no registramos todo, nuestra mente filtra lo que considera relevante y si estás esperando en la puerta del cine, puede que el jaleo que se oía en la otra calle no fuera relevante. Ahí comienza la serie de interpretaciones desde el hecho hasta el enfado, porque nunca sabes todo lo que ha sucedido ni lo que hay en las mentes de las personas involucradas.

Con lo que conocemos de los hechos, nuestra mente recupera de la memoria convicciones personales, por ejemplo que llegar tarde es una falta de respeto o de compromiso. Lo enriquece con suposiciones tales como que a la otra persona no le importa estar llegando tarde o que prefiere estar haciendo otra cosa. Entonces la mente va llegando a conclusiones del estilo de que tu amigo no te respeta. No te enfadas porque llega tarde, te enfadas porque no te respeta y esto último, es una conclusión personal. Esta interpretación puede ser más o menos acertada, pero es personal.

En el proceso descrito han aparecido varios tipos de pensamientos.

Las convicciones son nuestra visión del mundo: llegar tarde es una falta de respeto.

Las suposiciones son una forma de completar la información que tenemos a partir de supuestos no confirmados: no le está importando llegar tarde.

Las interpretaciones son la explicación que damos a los hechos: no lo veo por aquí, así que no ha venido aún.

Muchas veces el enfado es proporcional al tiempo que tenemos para pensar en ello porque es tu mente la que te enfada, no el hecho.

Nadie se enfada porque otra persona llegue tarde o por su carácter. Ni porque te griten o porque desordenen tus cosas. Te enfadas por lo que interpretas al observar eso. Por lo tanto, está en tu mano reaccionar desde el enfado o desde el control a lo que sucede.

Averiguar la información que no estamos observando sobre el enfado nos devuelve el control porque ya no es algo externo lo que te enfada sino tú mismo, por lo tanto dejas de estar a merced del evento externo para depender un proceso mental que puedes controlar.

Puedes desarrollar la capacidad de detectar esta escalada de pensamientos y, con la práctica, decidir en cada caso si quieres dejarte llevar o tomar tú el control de tus suposiciones.

No se trata de que las cosas no te importen, sino de que no te hagan perder el control. Puedes igualmente reaccionar ante un hecho que no te gusta, pero siendo dueño de ti mismo/a.