Niveles neurológicos [20 minutos]

Hemos visto ejemplos y una explicación sobre los niveles de pensamiento e interacción con el mundo. En el libro «El arte de educar para ser» planteo una visión algo diferente, tal vez más exhaustiva. En este texto hablo de los Niveles Neurológicos y de cómo los utilizamos en nuestra vida.

(Texto extraído del libro «El arte de educar para ser»)

Los niveles lógicos o niveles neurológicos son una manera de representar la forma en que interactuamos con el mundo y qué elementos entran en juego. Constituyen la representación de las capas en las que se producen nuestros distintos niveles de experiencia. Esta estructura sirve para comprender qué está pasando en nosotros y en nuestros hijos. Nos permiten ver la transformación desde el interior de la persona hasta las acciones que realiza.

Los niveles están organizados de forma jerárquica, de manera que uno determina el funcionamiento del siguiente y, por lo tanto, un cambio registrado en cualquiera de ellos afectará a los exteriores.

Me he permitido hacer una pequeña adaptación del modelo de PNL (Programación Neuro Lingüística) cambiando algunas cosas y eliminando las más profundas por no considerarlas de interés ahora mismo. Lo que voy a presentar aquí no es exactamente la idea original, pero se le parece mucho.

Aquí y más adelante hago referencia a la PNL sin explicar en detalle qué significa. Lo hago así porque creo que no es relevante en este punto, pero como es el origen de esta información me parece correcto hacerlo notar.  

Esta es mi representación de los distintos niveles:

En este dibujo se puede ver el “yo” en el centro y el mundo en el exterior, entre medias hay distintas capas que, perteneciendo a la persona, suponen diferentes niveles de la misma.

En la parte más externa está el ecosistema, todo lo que nos rodea. Es el medio ambiente de nuestra percepción y nuestra existencia fuera de nosotros. Tomamos conocimiento de todo esto gracias a nuestros sentidos, indistintamente de que lo que registremos sea o no correcto, son ellos los encargados de recoger toda esta información. Es donde tiene lugar nuestro comportamiento.

El comportamiento es precisamente la siguiente capa. Nuestros actos, lo que hacemos y sentimos. Esta ya es una parte de nosotros, aquí están también las cosas que no controlamos de forma consciente pero que suceden por nuestra causa y en nosotros.

Las emociones son reacciones personales a lo que sucede a nuestro alrededor, por tanto lo podemos considerar comportamiento, puesto que las provocamos de alguna forma. Algo dentro de nosotros dice qué debemos sentir. A unas personas les afectan más unas vivencias que a otras, esto es porque cada cual reacciona de forma distinta en función de su composición personal y sus experiencias.

Las expectativas que tenemos son parte de esos sentimientos y también son consideradas comportamiento. El deseo en el sentido más superficial, los anhelos e incluso las interpretaciones. Se puede englobar aquí lo que creemos estar viendo o tocando y lo que pensamos que significan las palabras.

Este comportamiento lo realizamos gracias a las habilidades, capacidades y competencias. En este nivel se añade todo aquello que no sabemos hacer o hacemos mal e incluso habilidades más internas como la capacidad para ignorar sentimientos. No olvidemos que nuestra conducta se compone de lo que hacemos, y hacemos sólo lo que podemos hacer.

Sin embargo, hay ocasiones en que podríamos actuar de cierta forma (tenemos esa habilidad) y no la usamos porque creemos que no podemos. Es aquí donde entra en juego el nivel de certezas y convicciones.

Las certezas, convicciones o creencias son las ideas que no nos parecen discutibles, todo aquello de lo que estamos absolutamente seguros. Las opiniones que tenemos tan arraigadas que no consideramos opiniones. En este círculo está todo aquello de lo que estamos convencidos. Algunas las podemos argumentar y otras no. Muchas (las más influyentes) no son visibles y otras son más explícitas (como las religiosas).

En un nivel aún más profundo está aquello que nos motiva. Es lo que en PNL se llaman “valores” pero no me gusta ese nombre porque en castellano tiene ciertas implicaciones éticas que no vienen al caso, por eso prefiero llamarlo “Motivaciones” es decir, todo aquello que nos hace movernos.

Las motivaciones son el “quiero”. Esa parte de nosotros que nos motiva a comportarnos como lo hacemos (comportamiento) dentro de lo que podemos hacer (habilidades) y en un contexto de realidad (certezas). La PNL representa a las motivaciones en el mismo nivel que las certezas (o creencias), pero a mí me gusta más poner las motivaciones en un nivel más profundo porque creo que están más cerca del núcleo de la persona y son menos modificables que las creencias. En la mayoría de los casos, tanto las motivaciones como las creencias son intangibles y dirigen nuestros pasos sin ser vistas, pero creo que las primeras son parte muy próxima a la esencia y no están aprendidas. Las motivaciones se descubren y las creencias se adquieren.

Un precioso trabajo de acompañamiento que pueden hacer los padres con sus hijos es descubrir con ellos qué es lo que realmente los motiva, cuáles son sus valores más profundos.

Las convicciones, motivaciones y el yo son la parte más arraigada de la persona. Estos niveles están cubiertos por nuestra propia visión de nosotros mismos que nos puede hacer creer que vemos algo que realmente no somos.

Esta diferencia entre lo que nos motiva y lo que creemos que nos motiva puede estar detrás de situaciones como la de querer hacer algo y no ser capaz de ello, aunque sea aparentemente sencillo. Como, por ejemplo, hacer deporte por la mañana: podemos emitir cientos de argumentos a su favor y podemos prepararnos para ello pero si, llegado el momento, no lo hacemos, será porque algo dentro de nosotros no tiene claro que queramos salir a correr. Tenemos un conflicto interno de intereses, una lucha de motivaciones.

Por último aparece el “yo” la persona, el quién soy. Por ahora vamos a considerar al “yo” como un ente que lo controla todo (o debería).  Se ha escrito mucho sobre qué hay ahí. Pueden ser varias personalidades, distintos egos, varios niveles de consciencia, etc. Pero por ahora lo dejaremos en “yo” porque es suficiente para el ámbito del libro.

Permitidme exponer algunos ejemplos para ilustrar los distintos niveles:

Supongamos que un niño no hace bien su examen. El profesor le podría decir: «Había mucho ruido en clase, y por eso no te concentrabas». Indistintamente de si nos parece un mensaje correcto parece que genera menor presión sobre el alumno, quedándose a nivel de ecosistema. También podría decir, centrándose en una conducta específica: «Te equivocaste en el examen». En este caso la responsabilidad ya recae sobre el alumno. Una tercera opción sería: «Se te dan mal las ciencias». En este caso la implicación es más amplia, ya que le está hablando a nivel de capacidades y, en cierta manera,  lo está incapacitando. En el nivel de convicciones o valores, el maestro podría decir: «Te equivocaste y lo importante es pensar en el siguiente». Aquí el maestro está reforzando la convicción de que no es importante tanto obtener una buena calificación, sino seguir intentándolo. En relación con el nivel de identidad, el maestro podría decir: «Eres un mal estudiante», o «No eres capaz de entender las matemáticas», o «Eres un buen alumno que tiene que esforzarse más con la matemáticas». Estas palabras afectarán la totalidad del alumno. No es lo mismo creer que no soy capaz de sobresalir en una materia, que estar convencido de que soy un tonto, o que sólo me tengo que esforzar más con las matemáticas.

Si escuchásemos hablar al alumno, no sería lo mismo que dijese que le salió mal un examen (conducta), que no puede concentrarse (capacidad), que va a suspender (convicción) o que es tonto y siempre lo será (identidad).

Si el problema reside en una convicción, será complicado conseguir que estudie (conducta) mientras piense que, haga lo que haga, va a suspender (convicción). Del mismo modo que no modificará esa convicción mientras siga identificándose como un tonto.

Otro ejemplo puede ser el de un niño que está en el salón y se aburre (entorno). Si quiere salir a la calle, debe usar su comportamiento. Puede caminar, saltar, ir a gatas o llorar esperando que alguien haga algo. Su comportamiento dependerá de sus capacidades y su estrategia. La estrategia elegida puede ser intentar que se lo resuelvan (llorando o quejándose). Puede salir a buscar amigos o puede que se quede en casa y busque algo que hacer. La estrategia dependerá de sus convicciones y valores. Si cree que hace demasiado frío, se quedará en casa. Si piensa que se aburrirá fuera, buscará opciones dentro. Si cree que dentro le regañarán, saldrá a la calle. Sus convicciones y valores están a su vez determinados por su identidad. Si se ve como alguien a quien le cuesta hacer amigos, no buscará niños por el barrio. Si cree que suele caer bien, estará dispuesto a presentarse a los que están jugando fuera. Si se considera torpe, no querrá salir con la bici.

Reconocer estos niveles nos sirve para tomar conciencia de ellos como un método más para obtener información sobre nosotros mismos y nuestros hijos.

Intentar ayudar a alguien a mejorar una habilidad cuando la limitación está en los valores o la identidad puede ser frustrante para ambos.