Convicciones, realidad y certeza [15 minutos]

Convicciones, realidad y certeza

(Extraído de “El arte de educar para ser”)

No es lo mismo verdad que certeza. Podemos estar muy convencidos de algo y actuar en base a eso, pero no tiene por qué ser cierto. La certeza es el acto de estar absolutamente convencidos de que algo es tal cual lo observamos. La realidad es lo que realmente es. Cuando estamos equivocados (aunque convencidos) estos dos elementos no coinciden. A veces nos damos cuenta con el tiempo y a veces no.

La mayor parte de lo que pensamos puede estar equivocado, cualquier cosa que veamos puede que no esté allí o no sea como la vemos. Casi cualquier interpretación está sujeta a versiones.

Conozco a una persona con un problema de visión que veía cosas que no estaban. Si miraba a alguien caminando, cuando ésta llegaba a su zona ciega y dejaba de captarlo, su cerebro seguía componiendo la imagen. Él no sabía que esa imagen no era cierta, porque lo estaba viendo (aparentemente). El hecho de ver no lo provee el ojo, sino el cerebro. Nuestro cerebro interpreta las señales y decide qué significan antes de pasar esa información a la consciencia.

Nos mentimos constantemente, mucho más de lo que imaginamos. Cuántas veces nos hemos sentido mal por interpretar erróneamente algo que era evidente y hemos utilizado esa certeza para actuar desde la seguridad. Aguantamos una situación incómoda y acabamos estallando justo cuando no debemos.  Vemos maldad en las palabras de quien consideramos malo y vemos buena intención en las acciones de quien consideramos bondadoso.

Si todo puede ser cierto, falso, diferente o interpretado ¿cómo podemos actuar desde la certeza? La certeza es más una decisión que un hecho. A veces decidimos dar algo por cierto para poder actuar.

El efecto péndulo (pasar de un extremo a otro) puede hacer que, una vez aceptado que lo que creo cierto puede no serlo, pasemos a no ser capaces de actuar por miedo a no tener la información o las conclusiones correctas.  La conclusión a la que llego es que debemos actuar con la información que tenemos y saber que nos vamos a equivocar. Nos vamos a equivocar porque nos faltará información, será incorrecta o la habremos interpretado mal.

Podemos actuar por reflejo inconsciente (si nos pinchan sin darnos cuenta, retiramos el brazo); también podemos controlar de forma consciente algunas reacciones (para permitir que nos extraigan sangre).  En  las relaciones personales solemos poner el modo automático sin darnos cuenta y juzgar de una u otra forma las actitudes de otros en base a la idea que ya tenemos de ellos. Esto nos limita pero nos permite relacionarnos más ágilmente. Es un problema al mismo tiempo que necesario. Nos impide analizar de verdad lo que está sucediendo y decidir en cada momento en base a ese contexto. Es lo que llamamos un prejuicio. También es útil, porque nos permite actuar rápidamente y no saturar la mente.

Nuestra consciencia tiene una capacidad de discernimiento limitada, como un ordenador, tiene una capacidad de procesamiento finita. Necesitamos poder delegar muchas cosas al inconsciente, la intuición y el instinto. Nadie piensa en los músculos que mueve para sonreír y, sin embargo, sonreímos.

Como si se tratara de un entrenamiento deportivo, la mente va validando decisiones y con el tiempo sabe que escuchar el claxon de un coche es motivo para poner los músculos alerta igual que, sin necesidad de analizar la situación, sabe que oír el andar característico del jefe desde el fondo del pasillo significa algo parecido.  Lo que, por cierto, genera una respuesta física cuando la necesidad es intelectual, pero de esto ya hablaré en otro momento.

La mente (sin pedir nuestra opinión) va sacando conclusiones que nos limitan, al mismo tiempo que son imprescindibles. Necesitamos actuar con la información que tenemos en cada momento en base al tiempo que tenemos para decidir en cada situación.

Y nos vamos a equivocar.

Necesitamos admitir que nos vamos a equivocar o nunca actuaremos. Necesitamos escuchar a la intuición y actuar sin justificación suficiente. Y nos equivocaremos.

La ventaja es que podemos, de forma consciente, observar cuándo estamos decidiendo antes de lo que es necesario (prejuzgando) y cuándo estamos tardando demasiado (bloqueo).

Podemos observar nuestro comportamiento y aceptarlo. Si no nos gusta, podemos cambiarlo. Pero no invirtamos energía en juzgarlo. “Soy idiota porque hice….” requiere más energía que “Hice algo que quiero corregir para el futuro…” Admito que soy imperfecto y que me equivoco. Me equivocaré. Puedo dedicar mi energía a castigarme por ello o puedo aceptarlo (respetándome) y pensar en aprender para la próxima vez.

En resumen: Nuestras opiniones y convicciones son sólo puntos de vista, pero son todo lo que tenemos y conforman nuestro mapa del mundo. Sabiendo que es limitado, podemos tratar de enriquecerlo pero no podemos esperar a que sea infalible antes de actuar y, en cualquier caso, no parece útil culpabilizarnos por los errores que hemos cometido al usar la información que teníamos en cada instante.

De nuevo, esto nos afecta a nosotros y cómo nos relacionamos con los demás. No olvidemos que nadie se equivoca a propósito.

Todas las personas consideran que sus certezas son ciertas (valga la redundancia) y no dudan de ellas. Los padres, como personas más experimentadas, tienen la obligación de aceptar la certeza de sus hijos y ayudarles desde el respeto a ahondar en los hechos para confirmar o rebatir estas certezas.

Esta misma experiencia debe servir a los padres para dudar de las propias certezas, lo que les hará menos engreídos en la comunicación.

Y por último, te animo a que seas consciente y a ayudar a tus hijos a actuar aunque no tengan toda la información. En algún momento hay que actuar y los errores van a suceder. Como padre o madre puedes acompañar a tus hijos a aprender de los errores de forma natural y encontrar un equilibrio entre duda y certeza que le sea útil a ellos.