A veces hablamos como si las palabras se las llevara el viento. Como si en un futuro, aquello que dijéramos no fuera a ser recordado.

Los padres tienen la capacidad de modificar el pensamiento de los hijos. De hecho, todos nosotros tenemos la capacidad de influir en las personas, pero el potencial educador de quien acompaña a un recién nacido hasta su adolescencia es increíble y como tal, debería ir acompañado de una gran responsabilidad y cautela.

Los padres quieren que los hijos los escuchen y quieren influir en su forma de pensar para que sean felices, responsables, trabajadores, éticos… Una de las grandes necesidades de un padre o una madre es sentir que el hijo lo escucha. Un padre que puede hablar con su hijo y convencerlo de algo sabe que cuando aparezca un problema, lo podrán hablar y su hijo atenderá a la voz de la experiencia y el amor.

Los padres quieren que sus palabras dejen huella. Y entonces, se olvidan de que esto ya está pasando.

Alabar insistentemente la belleza de una niña cuando es pequeña resulta contradictorio con la idea de conseguir de mayor que no esté obsesionada con su cuerpo.

Celebrar insistentemente las victorias y ofrecer consuelo ante la derrota, puede ser contradictorio con ciertos valores de participación, trabajo en equipo y gestión de la frustración en el futuro. Resulta muy gratificante celebrar los éxitos de un niño, lo complicado es luego decirle al adolescente que lo importante es participar.

Muchas veces, los adultos hablan a los niños de una forma que esperan que no les afecte, pensando que en el futuro podrán desdecirse y rectificar o, simplemente, que no lo recordarán. Esto es una contradicción con el deseo anterior.

Cuando se habla a un niño se está hablando al adolescente del futuro. Cuida las palabras, porque su marca no se la lleva el viento. Nunca sabemos qué es lo que quedará marcado en la mente de otra persona.

Hay que tener en cuenta que la comunicación en la familia es más que palabras. Son conductas.

Una vez observé en mi hijo un comportamiento que no me gustaba, insistentemente hacía algo que me parecía inapropiado, sobre todo por el pensamiento que traía de la mano. No importa a qué me esté refiriendo, lo importante es que esa persona estaba creándose un hábito que le estaba llevando a una forma de pensar que no me parecía saludable. Se lo recriminé varias veces e intenté que cambiara esa actitud, pero no pude.

Hasta que un día me vi a mi mismo haciendo algo muy parecido. Me di cuenta de que una cosa que yo hacía y a la que no le daba importancia, podría ser malinterpretada por alguien que estaba aprendiendo las reglas del juego y lo observaba desde fuera. Era mi conducta la que inducía la suya y su conducta lo estaba llevando a una forma de pensar que me preocupaba.

En este caso, y en muchos otros, el aprendizaje no viene porque la persona observe y decida actuar igual. No se trata de estar aprendiendo una lección consciente. Es algo más duradero, es el hecho de vivir en un entorno en el que algunas cosas son normales y válidas. El aprendizaje no se produce porque el hijo atienda a lo que el padre le dice, no son unos valores que se transmitan con la palabra, es el contexto en el que se vive.

Nos comunicamos con los hijos siempre que ellos sean conscientes de nuestra conducta. Una conversación entre adultos, comentando alegremente las consecuencias de un exceso con el alcohol, es una forma de comunicación y quien lo escucha está recibiendo información. Esas palabras puede que no se las lleve el viento.

No sé en qué momento sucede que algo que una persona está observando marca un patrón de conducta en el futuro. Por lo tanto, al comunicarse con un niño o un adolescente, hay que hacerlo desde los mismos valores que queremos que perduren en su madurez. Hay que hacerlo pensando que eso que le estamos transmitiendo podría recordarlo en el futuro.

Considero importante recalcar que los valores deben ser auténticos y permanentes. Si nos remitimos al ejemplo de la conversación sobre el alcohol, no se trata de fingir más importancia que la que se realmente se piensa que tiene, eso también puede acabar generando inconsistencia o contradicción en el futuro y por lo tanto pérdida de confianza. Se trata de mantener coherencia y que las reglas del juego no cambien.

He visto a mi alrededor a padres intentando que sus hijos no se comporten tal y como ellos lo han hecho. No me refiero a intentar que ellos no cometan los mismos errores. Si bien creo que es posible explicarle a una persona que le pedimos que se comporte diferente a nosotros y podemos explicarle que cometimos errores y que lo que hicimos fue incorrecto; veo más complicado modificar una conducta impregnada. Este sería el caso de una persona que crece viendo (empapándose, más bien) la forma de discutir de un padre. Puede suceder que con 16 años el padre se exaspere porque el chaval discute de esa manera y no consigue cambiarlo. Nadie le enseñó, lo vivió así. Igual que tiene el acento correspondiente a la zona en que aprendió a hablar, el adulto se comunica como ha aprendido a hacerlo por observación.

Si juntamos todo lo visto hasta aquí, tenemos que el comportamiento también es comunicación y que la comunicación puede dejar una señal que perdure en el tiempo.

Cuando los padres se comunican con un niño, pueden estar forjando al adolescente. Y algo muy importante también, cuando se comunican con el adolescente, lo están haciendo con el niño que lo forjó. El niño necesita que el mensaje recibido por el adolescente sea coherente con lo vivido.

Par que la persona aprenda las reglas del juego de la vida, estas no deben cambiar durante el tiempo que dura el aprendizaje.

2016-10-24T21:11:31+00:00

4 Comentarios

  1. Silvia 06/07/2013 en 11:41- Responder

    La mejor educacion para los hijos es el ejemplo. Si no escuchas, no podras educar desde la escucha, si juzgas, no podras educar sin juzgar, si exiges, no podras educar en excelencia… Ellos seran tu vivo reflejo!

  2. Ana 10/07/2013 en 09:50- Responder

    Los padres somos humanos y cometemos errores. Intentamos hacerlo tan bien como podemos, pero a veces nos equivocamos, entre otras cosas porque no nacemos enseñados y a menudo vamos aprendiendo sobre la marcha. Tengo dos hijos adolescentes, y parece que viven pendientes de nuestros errores, que solo se fijen en lo que hacemos mal, para echárnoslo en cara. Parece que todas las cosas que hemos hecho bien a lo largo de su vida (y creo sinceramente que han sido muchas) no cuenten para nada. Comparto tus palabras, al 100% pero a veces las cosas no son tan fáciles como sumar 2 + 2. Cualquier padre de adolescente ha tenido que tragarse muchas ideas preconcebidas sobre educación, si es que ha tenido el suficiente sentido común y capacidad de autocrítica como para hacerlo. Y al que no la ha tenido, no le arriendo la ganancia.
    Ningún padre es ni será perfecto, por mucho que lo intente, y los hijos tampoco lo serán. Cada cual, de adulto, carga con la mochila de los errores que hayan podido cometer sus padres (creyendo haber actuado correctamente). Y de cada adulto depende continuar cargando con esa mochila el resto de su vida, o liberarse de ella.

    • Carlos 10/07/2013 en 17:19- Responder

      Estoy totalmente de acuerdo con lo que comentas.

      Tengo pendiente escribir un texto en esta línea, animando a las personas a mejorar sabiendo que es imposible hacerlo perfecto. Lo que publico aquí no es fácil de conseguir y creo que es imposible conseguirlo siempre. Por lo que a mi respecta, creo que lo importante es la actitud y eso sí se puede cambiar con unos artículos que nos hagan pensar.

      Si después de recapacitar sobre cómo nos comunicamos, mejoramos un poco la forma en que hablamos, bienvenido sea. Hacerlo siempre como querríamos hacerlo es una utopía y creo que intentarlo sólo puede llevar a la frustración.

      Para evitar la frustración es importante comenzar por saber que no conseguiremos cambiar radicalmente y cualquier mejora será bienvenida.

      Pensar que respetar a la persona es importante, es el primer paso para hacerlo de vez en cuando, que es mucho más que hacerlo nunca.

  3. Ana 10/07/2013 en 20:12- Responder

    Efectivamente. Creo que desde el momento en que nos aceptamos como imperfectos, ya estamos dando el primer paso para mejorar. Actitud, empatía, respeto. Escuchar, confiar en la capacidad del otro (hijo o no hijo) de tomar sus propias decisiones, ser sinceros con nuestros auténticos motivos (los que subyacen debajo de los que mostramos al exterior) para actuar de terminada manera. Todo ayuda a ser mejor padre, mejor compañero y, sobre todo, mejor persona.
    Hace poco que he descubierto tu blog, y me gusta mucho tu enfoque “realista”.Es un enfoque que echaba de menos.
    Sigue así. Tus artículos son una gran guía, en muchos sentidos.

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